
Nos besamos. Fue el beso más multitudinario que me habían dado. Era una confusión de labios mordidos, lenguas enlazadas y manos extraviadas. Eran movimientos descoordinados por lo desconcertante de la excitante situación.
Estábamos en una de esas discotecas oscuras un sábado por la noche, que te podías perder entre el humo y las luces. Pero ella no me despistaba. Pronto estaba entre mis amigos. Pronto estaba cruzando palabras conmigo. Pronto estaba a mi lado. Pronto estábamos hablando los dos solos.
Ella me recorría con los ojos de arriba a abajo. Estaba dos centímetros más allá de mi espacio vital. Su mano rozaba casi de manera imperceptible mi brazo. Cada vez que se arreglaba el cabello con la mano, podía oler su delicioso aroma ácido y dulce. Ella me sacó a bailar, sin mediar pedido. Cada paso mío hacia atrás era un paso hacia adelante de ella. Su pelvis casi tocaba la mía. Estaba muy cerca y, sin embargo, ni si siquiera la rozaba. No pude más, la besé.
Nos escondimos en los extravíos de las miradas de nuestros amigos. Pronto nos fuimos quedando solos, pero yo quería escapar de esa sensación descontrolada. Huí a la barra y me pedí un vaso con whisky. Miré la pista de baile y estaba ella bailando con su mejor amiga. Las aísle del resto.
Terminé de verla, el hecho de acariciarla con mis ojos y sentir a 4 metros de mi su presencia dislumbraba mi mundo y lo destruía. Mañana sería un día como cualquiera, todo volverá a la realidad y como siempre, la tendré en mis sueños compartiendo aquellas interminables pláticas de amigos de toda la vida.









1 comentarios:
Muchas gracias por el articulo, muy interesante y lleno de pasión. Saludos
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