
Ni un rastro posible de una mujer. Ni uno. Ni la amiga del amigo, ni la prima del brother y aún menos la hermana del pata. Nada. Una sesión de bárbaros. Sin embargo, una llamada interrumpió tan encantadora noche "!Cholo ven, esta es nuestra night!"
Era mi querido amigo Brujo . Un sujeto dedicado a las noches de sexo y los días de trabajo. Un ex metalero devenido en extraño yuppie progresista. Un ser despreciable para las chicas, pero extrañamente irresistible para las mujeres. Un personaje de nariz chata y risa congelada que lograba atraer a las feminas, por desgaste, antes que por atracción.
Este sujeto vil, me llamó con una promesa que nunca ha logrado cumplir en estos más de 25 años que nos conocemos. "Cholo, tengo una amiga para ti. Es segura. La hacemos. Ellas son dos, nosotros dos". Nunca crean en una frase como esa de sus amigos. Esas cosas no suceden. Repito. No suceden.
Segura. Una chica segura: una mujer que permite ser la acompañante de una pareja, con la esperanzan de encontrar en una cita a ciegas el amor de su vida. El riesgo de este tipo de citas es altísimo y más si viene del Brujo. El tipo quería perderse con su cita de turno y tenía que desaparecer al bulto parlante que iba en la parte detrás de su auto (perdón a todas las mujeres que leen esto, pero tengo que ser explícito para que se entienda).
Sin embargo, cabía la remota posibilidad de que ese bulto, fuera agradable, bonita e interesante. Uno nunca sabe qué esperar. Tal vez era mi día de suerte. El destino descarriado que me daba una posibilidad en manos de este sujeto. Mi gran amigo el Brujo. Al final es mi amigo, y sabe mis gustos y disgusto. Quizás estaba cumpliendo su promesa de adolescente. "Acuérdate de mí cachorro, un día te voy a poner un hembrón".
Además, después de cuatro margaritos y tres horas hablando de las mujeres y sus exuberancias, si algo quería era una cita. Mi amigo el metal-salsa había convocado a juntarnos en el estadio de Miraflores, en donde había un festival de grupos. Esto quería decir, que al menos, a esta chica le gustaba el rock.
Dejé a mi banda en la cueva de ruines y patanes y salí raudo al encuentro. Medio tambaleante entré al estadio y nos encontramos en el globo de Cristal de la derecha del escenario. Ahí estaba el Brujo, su novia del momento, una morena curvilínea, y mi cita: una chica, digamos... un poco gordita, sin tanta cintura, el cabello rubio pero pintado, con tacos altos, minifalda negra ajustada y no muchas tetas, pero si bien apretadas por el 'push up' ¿De cara? Su rostro era un panetón. No había cuello. ¡Dios!
Pero a pesar de esta descripción, creo que siempre una mujer puede tener su lado amable y más si uno está sumergido en alcohol. Es cuestión del ángulo, de la luz, de la pose. Además ella estaba aún más borracha que yo.
Pronto estábamos viendo el concierto y conversando. Yo le hablaba del último disco de Dolores Delirio, mientras ella preguntaba si ese grupo era de salsa. Pronto se puso delante de mí para dar pequeños saltitos. Pronto fue retrocediendo acercándose. Pronto estaba muy pegada a mí. Pronto ella tomó mis manos y las llevó a su cintura. Pronto yo me dejé llevar por el momento en una escena casi pornográfica.
Sin embargo, traté de reaccionar y ver quién podía verme, ampayarme. El Brujo se había esfumado. Estaba solo en esa batalla. La chica seguía muy pegada a mí y pronto me tomó del cuello, y como el hombre araña le di un beso con la cabeza de cabeza. Pensé: bueno no es linda, pero al menos tengo a quien besar.
De un momento a otro, ella bajó su mano y comenzó a tocarme la entrepierna hasta que se detuvo y me dijo casi gritando. "Tengo que orinar". Yo la jalé por la multitud hasta la cola más larga del planeta. Era el momento preciso para perderme, pero ella me miró, con la poca decencia que le quedaba, y me vociferó: "te lo juro que me orino acá mismo". Maldita sea. La tomé de la mano y a gran velocidad quise entrar a la zona VIP. Saqué mi carné de prensa y pasé, pero ella no. La cara de panetón no podía entrar.
Ella estaba a punto de llorar sangre. Estaba muy, pero muy angustiada. Sus piernas temblaban y sus brazos parecían gelatina. Daba vueltas sobre sí misma, mientras rogaba al 911 que la deje pasar. Pero era inútil. No iba a entrar. Ante esta realidad ella en un acto desesperado se comenzó a desabotonar la falda para que el mastodonte entendiera que quería orinar. El tipo no se inmutó. Ella se molestó, se bajó el calzón y se puso a orinar justo frente a la puerta. Un gran chorro justo en la puerta VIP.
Yo miré al horizonte, vi a un amigo imaginario, lo saludé y desaparecí entre la multitud. Pronto me dejé llevar por los acordes de la canción "A cualquier lugar". Estaba extasiado con la música hasta que un gran puñete en el plexo, me dejó sin aire. Era ella. La cara de panetón me había golpeado con su puño grueso y ancho. "Gracias por la ayuda", me dijo. Ya estaba recompuesta.
Ella se puso a mi lado y comenzó a ver el concierto. Tras una canción, ella me dio la mano. Yo en un acto de solidaridad lo acepté. Pronto ella se puso, nuevamente, delante de mí. Otra vez la frotación y el franeleo extremo. Esta vez yo actúe con altruismo y me inmolé por la causa. En un acto de profundo arrepentimiento y contrición, la apreté.
En un momento, ella me llevó hasta atrás del escenario. Se levantó la minifalda y me atropelló. Finalmente, yo la dejé ser. A veces hay que hacer la cosas por la mera anécdota... ¿Quién no lo ha hecho?








